Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista

El autoaprendizaje es la asignatura invisible que sostiene el futuro.

Vivimos en un tiempo donde la incertidumbre dejó de ser excepción y se volvió paisaje. Los cambios tecnológicos, culturales y laborales no avanzan: se precipitan. Las profesiones se transforman más rápido que los planes de estudio y los títulos universitarios, antes pasaportes de estabilidad, hoy son fotografías fijas en un mundo en movimiento.

En medio de ese vértigo, hay una habilidad que determina quién puede navegar el futuro y quién queda a la deriva: el autoaprendizaje, pilar del trabajo del mañana.

Esto porque el conocimiento se vuelve obsoleto en meses. Lo que hoy es vanguardia, mañana es estándar y pasado mañana es historia. La única forma de mantenerse vigente es aprender de manera continua, autónoma y estratégica.

Además, las trayectorias profesionales ya no son lineales. Las personas cambian de industria, de rol, de modelo laboral y el autoaprendizaje permite reinventarse sin depender de estructuras rígidas.

De manera simultánea, la creatividad y adaptabilidad requieren curiosidad activa. No basta con saber: hay que aprender a aprender, a desaprender y recombinar.

Adicionalmente la inteligencia artificial amplifica, pero no sustituye la capacidad humana de aprender. La IA no reemplaza al autoaprendizaje; lo exige. Quien no sabe aprender por sí mismo no sabrá colaborar con tecnologías que evolucionan cada semana.

Ahora, ¿por qué las universidades no lo abordan con la intensidad necesaria? Porque muchas de ellas operan bajo un paradigma industrial: programas fijos, contenidos estandarizados, evaluación memorística, jerarquías rígidas y poca flexibilidad curricular.

El autoaprendizaje, en cambio, requiere autonomía, exploración, pensamiento crítico, gestión emocional, curiosidad sostenida y capacidad de navegar la ambigüedad. Es decir, otra pedagogía.

Algunas universidades enseñan contenidos, pero no a construir conocimiento propio. Forman profesionales, pero no forman aprendices permanentes.

Entonces aparece el autoaprendizaje como ruta urgente. No es un lujo ni una moda. Es una infraestructura mental, una brújula interna y una forma de sostenerse en un mundo sin mapas. Sin embargo, no se aborda con la intensidad, la profusión ni la seriedad que se requiere.

Porque el autoaprendizaje no es una habilidad técnica: es una postura existencial ante el cambio.

Ahora, si el autoaprendizaje es la competencia esencial del futuro, el 3×3 es su metodología más elegante y accesible: tres habilidades nuevas cada tres meses.

Es lo suficientemente pequeño para no abrumar, lo suficientemente grande para transformar y crea un hábito de exploración continua, lo que permite navegar la incertidumbre sin ansiedad.